La Economía del Dolor

Una mirada académica y un reconocimiento sincero

Preámbulo

Toda historia familiar honesta llega, en algún momento, a un umbral incómodo. Este capítulo representa ese umbral para la familia Figaredo-Gely-Mosquera. Las mismas tierras de Patillas y Guamaní que estas páginas han celebrado por su fertilidad y su belleza, los mismos campos de caña que sustentaron la prosperidad de las familias que aquí se recuerdan, los mismos sectores rurales donde el malagueto perfumaba el aire y los nietos corrían entre flores y mariposas — todo eso fue posible, en parte, sobre la base de un sistema económico que extrajo su riqueza del cuerpo y la libertad de seres humanos que no eligieron estar allí.

Los Gely, como propietarios de fincas en Patillas durante el período en que la esclavitud era legal en Puerto Rico, participaron de ese sistema. Los trabajadores que labraron las tierras donde después crecería el negocio del malagueto de los Figaredo eran, muy probablemente, jíbaros endeudados e indentured laborers atrapados en un sistema de control económico que, aunque distinto de la esclavitud chattel en sus mecanismos, producía resultados similares en términos de la libertad real de sus víctimas.

Nombrar esto no disminuye el mérito genuino de los ancestros que estas páginas recuerdan. Los hace más humanos, más complejos, más verdaderos. Y honra, de la única manera que ahora es posible, a quienes hicieron posible esa prosperidad sin que nadie les preguntara si querían hacerlo.

I. La Esclavitud en Puerto Rico: Contexto Histórico y Dimensión Humana

Puerto Rico nunca alcanzó las proporciones de esclavitud de Cuba, Saint-Domingue (Haití) o Jamaica, donde los esclavizados llegaron a superar ampliamente a la población libre. Sin embargo, la esclavitud en la isla fue una institución real, documentada y profundamente constitutiva de su economía y su sociedad durante más de tres siglos.

Para 1846, la población esclavizada en Puerto Rico había alcanzado su punto máximo: aproximadamente 51,265 personas, en una isla con una población total de algo más de 440,000 habitantes. Estas personas no eran estadísticas: eran hombres, mujeres y niños con nombres, con historias, con familias que el sistema esclavista había destruido o intentado destruir. Eran carpinteros, cocineras, agricultores, músicos, curanderos — personas con conocimientos, habilidades y culturas que enriquecieron a Puerto Rico de maneras que el registro histórico oficial tardó demasiado en reconocer.

La geografía de la esclavitud en Puerto Rico no era uniforme. Se concentraba principalmente en los municipios de la costa sur y suroeste — precisamente la zona donde se asientan Patillas, Guayama y los territorios que forman el escenario de esta historia familiar. Guayama fue, de hecho, uno de los municipios con mayor proporción de población esclavizada en la isla: en algunos períodos del siglo XIX, las personas esclavizadas representaban más del 30 por ciento de su población total. Las haciendas azucareras de la costa sur — incluyendo las que operaban en los territorios de Jacaboa y Guamaní — dependían de manera estructural del trabajo forzado de personas africanas y afropuertorriqueñas.

La esclavitud fue abolida en Puerto Rico el 22 de marzo de 1873, con la promulgación de la Ley de Abolición de la Esclavitud por las Cortes españolas. La fecha — que Puerto Rico celebra hoy como el Día de la Abolición — marca un momento de importancia histórica extraordinaria, pero el análisis honesto de lo que esa abolición representó en la práctica revela sus profundas limitaciones.

II. El Sistema de la Libreta y la Servidumbre por Deuda: Los Jíbaros Atrapados

El instrumento legal central de este sistema fue el Reglamento de Jornaleros de 1849, también conocido como el Sistema de la Libreta, promulgado por el mismo Gobernador Pezuela que endurecería el Código Negro un año después. El Reglamento establecía que todo trabajador agrícola sin propiedades o medios de vida independientes estaba obligado a registrarse con las autoridades municipales, obtener una libreta — un pequeño libro de registro — y encontrar un patrón que lo empleara. Sin libreta no era posible moverse de un municipio a otro, contratar trabajo, acceder a ciertos servicios o incluso, en algunos contextos, justificar la propia existencia ante las autoridades.

En el contexto específico de las haciendas de Patillas y Guamaní — el territorio donde la familia Gely estableció su presencia desde 1824 y donde más tarde los Figaredo construirían su propia operación agrícola — el sistema de la libreta produjo una clase de trabajadores atrapados en una dependencia que sus patronos llamaban lealtad y que ellos probablemente habrían llamado, si hubieran tenido espacio para decirlo, con un nombre muy diferente.

El trabajo en las haciendas Gely de Patillas durante el período 1824-1873 — el período en que la esclavitud era legal — incluyó muy probablemente trabajo esclavizado. Los registros históricos de la región documentan que las haciendas azucareras de la costa sur de Puerto Rico dependían de manera estructural del trabajo forzado durante ese período, y no hay razón para suponer que las propiedades de una familia tan prominente en la vida local como los Gely fueran una excepción. Después de 1873, el mismo trabajo continuó siendo realizado por las mismas personas o sus descendientes bajo el sistema de la libreta: cambiaron los nombres legales de la relación, pero la dependencia estructural permaneció intacta.

Cuando la familia Figaredo estableció su operación de destilación de aceite de malagueta en el Sector Culebras del Barrio Guamaní durante las primeras décadas del siglo XX, los "empleados leales que trabajaban con gran energía eran los herederos de generaciones de jornaleros. La relación afectiva entre los Figaredo y sus empleados pudo ser genuina —pero la asimetría estructural entre quienes tenían la tierra y quienes tenían solo sus manos no desaparece por la sinceridad del afecto.

III. Reconocimiento Sincero

A quienes hicieron posible esta historia sin que nadie les preguntara

Este libro celebra a los Figaredo, los Mosquera, los Gely y sus descendientes con el amor y el respeto genuinos que merecen. Pero ninguna celebración honesta puede existir sin reconocer también a quienes no aparecen en los títulos de propiedad, en los registros de matrimonio, en los escudos heráldicos ni en los archivos eclesiásticos — y cuyo trabajo, cuyo dolor y cuya humanidad negada hicieron posible, sin embargo, gran parte de lo que estas páginas celebran.

A las personas africanas y afrodescendientes que fueron esclavizadas en las haciendas de Patillas y Guayama durante los siglos XVII, XVIII y XIX: sus nombres no están en este libro porque el sistema que los oprimió consideró que sus nombres no valían la pena preservar. Esa omisión no es neutral. Es el último acto de una violencia que comenzó en la costa de África, continuó en la bodega de un barco, se prolongó en los cañaverales del sur de Puerto Rico y terminó — si es que alguna vez terminó del todo — en la invisibilidad de los registros históricos que sus opresores controlaban. Reconocemos su presencia aunque no podamos nombrarlos. Reconocemos su trabajo como el fundamento material sobre el que se construyó la prosperidad que esta historia celebra. Reconocemos su humanidad plena e incuestionable, que ningún documento legal pudo abolir aunque lo intentara.

A los jíbaros y jornaleras endeudados que trabajaron en las fincas de Patillas y Guamaní durante las décadas que siguieron a la abolición formal de la esclavitud: el cambio de nombre de su condición —de esclavizados a jornaleros, de propiedad a deuda— no cambió suficientemente la realidad de sus vidas. Trabajaron la misma tierra, con las mismas manos, bajo formas distintas de la misma coerción económica, para hacer posible la misma prosperidad que no les alcanzaba. Los recordamos con el respeto que merecen todos los que trabajan.

A las mujeres — esclavizadas, jornaleras, sirvientas domésticas — que cargaron con el peso doble de la explotación económica y la vulnerabilidad sexual que el sistema patriarcal y esclavista les imponía: su resistencia cotidiana, su capacidad de preservar cultura, lengua, medicina, música y amor en condiciones diseñadas para destruir todo eso, es una de las formas más extraordinarias de heroísmo que la historia humana registra. Las honramos.

A los afropuertorriqueños cuyos apellidos, cuya sangre y cuya herencia cultural están casi con certeza presentes en el tejido de esta familia aunque los registros históricos no los nombren: su contribución a lo que somos —como familia, como pueblo, como cultura— es real aunque sea invisible en los documentos. La invisibilidad no es ausencia. Es una injusticia que reconocemos.

A los descendientes actuales de todas estas personas — que viven hoy en Puerto Rico y en la diáspora, que cargan con el peso de una historia que sus antepasados no eligieron y que trabajan, con distintos grados de éxito y de apoyo, para construir vidas plenas en un sistema que aún no ha resuelto completamente las desigualdades que la esclavitud y la servidumbre por deuda crearon — les debemos más que un reconocimiento en las páginas de un libro familiar. Les debemos el reconocimiento activo de que la prosperidad que algunos heredamos tiene raíces que otros pagaron, y que esa deuda histórica no se salda con palabras sino con la disposición continua a ver, a nombrar y a actuar en consecuencia.

La historia de esta familia es inseparable de la historia de Puerto Rico. Y la historia de Puerto Rico es inseparable de la historia de la esclavitud y la servidumbre que construyeron su economía colonial. Reconocer eso no es una traición a los ancestros que amamos. Es la condición necesaria para que ese amor sea honesto.

Porque la memoria que no incluye a todos los que estuvieron presentes no es memoria: es selección. Y la selección que excluye sistemáticamente a los más vulnerables no es neutral: es, en sí misma, una continuación de la injusticia que pretende recordar.

Nota Académica sobre las Fuentes

Este capítulo se apoya en la historiografía establecida sobre la esclavitud y el trabajo forzado en Puerto Rico — entre otras, las obras de Luis M. Díaz Soler, Francisco A. Scarano, Guillermo A. Baralt, Andrés Ramos Mattei y Fernando Picó. Las fuentes específicas figuran en la bibliografía al final del libro. Este capítulo se concibe no como aporte historiográfico original sino como un acto de honestidad familiar: reconocer en el contexto de esta historia lo que la historia más amplia ya ha establecido.