El Legado del Servicio y el Sacrificio

De las trincheras de Europa a las montañas de Corea: una familia en armas

Existe una verdad profunda y a menudo silenciosa en el corazón de las familias puertorriqueñas que vivieron el siglo XX: la verdad del servicio militar. No el servicio como abstracción patriótica ni como retórica de ocasión, sino el servicio en su dimensión más concreta y más humana — el joven que se despide en el portal de la casa, la madre que espera cartas que a veces no llegan, el hermano que regresa cambiado para siempre, el nombre grabado en un registro de bajas que nadie quiere consultar. La familia Figaredo conoció esa verdad en todas sus formas, a lo largo de conflictos distintos y en tres continentes diferentes, tejiendo con sus propias vidas el hilo militar que corre, doloroso y orgulloso a la vez, por el tapiz de su historia familiar. Para comprender ese legado en su justa dimensión, es necesario comprender primero el contexto más amplio en que se inscribe: la historia extraordinaria y profundamente compleja de los puertorriqueños en las fuerzas armadas de los Estados Unidos, una historia que comenzó mucho antes de que la mayoría lo recuerde y que ha continuado, sin interrupción, hasta nuestros días.

Puerto Rico en Armas: Una Historia de Ciudadanía y Sacrificio

La relación entre Puerto Rico y el servicio militar estadounidense no comenzó con ninguna decisión voluntaria de la isla, sino con una conquista. Cuando en 1898 los cañones de la flota norteamericana comenzaron a disparar sobre San Juan y las tropas del General Miles desembarcaron en Guánica, Puerto Rico pasó de ser una colonia española que acababa de obtener su autonomía a ser un territorio bajo dominio estadounidense cuyo futuro político quedaba radicalmente indefinido. Entre los soldados que defendieron la isla bajo bandera española aquel año — en los frentes de Arroyo y Guayama, precisamente donde operaría el voluntario Rafael Figaredo Orraca — hubo puertorriqueños que apenas semanas después serían clasificados como súbditos de una nueva potencia colonial. La Ley Jones de 1917 cambió formalmente esa ecuación al otorgar la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños, aunque con una restricción fundamental: los nuevos ciudadanos no tendrían representación con derecho a voto en el Congreso que legislaba sobre su vida. Según el historiador Harry Franqui-Rivera, los puertorriqueños habían sido definidos como nacionales desde 1904 y ya estaban sujetos a la Ley de Servicio Selectivo de 1917 incluso antes de la Ley Jones. Las élites locales vieron en la Primera Guerra Mundial no solo un deber cívico sino una oportunidad para avanzar sus propios proyectos políticos. El servicio armado fue, desde el principio, un campo de negociación política además de una obligación cívica. Más de 236,000 puertorriqueños se registraron para el servicio durante la Primera Guerra Mundial, aunque solo 18,000 fueron movilizados efectivamente, la mayoría en el Regimiento de Infantería de Puerto Rico — precursor del legendario 65.º de Infantería — y en unidades de guarnición en el Canal de Panamá y el Caribe. Durante la Segunda Guerra Mundial, más de 65,000 puertorriqueños sirvieron en las fuerzas armadas, desplegados en teatros que iban desde el Caribe y Centroamérica hasta el Norte de África, Italia, Francia y Alemania. En la Guerra de Corea, el sacrificio alcanzó su expresión más intensa: 61,000 puertorriqueños sirvieron en el Ejército de los Estados Unidos, la gran mayoría en las filas del 65.º de Infantería — los Borinqueneers — la primera unidad puertorriqueña en ver combate directo, tras la desegregación militar de 1948. Formado en 1899 como el Batallón de Voluntarios de Infantería de Puerto Rico, el 65.º se había convertido con el tiempo en la institución militar más importante de la historia puertorriqueña. De ellos, 743 murieron en combate y 2,318 fueron heridos. Una isla que representaba menos del uno por ciento de la población estadounidense aportó una fracción significativamente mayor de sus muertos. Franqui-Rivera argumenta que la participación puertorriqueña en Corea estuvo ligada al proyecto político del gobernador Luis Muñoz Marín y al establecimiento del Estado Libre Asociado — el servicio militar era, simultáneamente, deber, identidad y negociación constitucional. ¿Por qué pelearon los puertorriqueños? La respuesta más honesta proviene de los propios veteranos del 65.º, quienes décadas después declararon con una sencillez que no necesita adornos: "Peleamos porque éramos soldados del Ejército de los Estados Unidos y del regimiento. Era nuestro deber." En esas palabras — tan desprovistas de retórica, tan cargadas de dignidad — vive toda la complejidad de la identidad puertorriqueña del siglo XX: ciudadanos sin representación plena, soldados sin Estado propio, hombres que encontraron en el deber militar una forma de afirmar su valor y su lugar en el mundo cuando la política les negaba otros medios para hacerlo.

El Hilo Rojo en el Tapiz Familiar

En este contexto histórico de extraordinaria amplitud, la historia militar de la familia Figaredo adquiere su verdadero relieve. No son casos aislados ni coincidencias generacionales: son el reflejo familiar de una experiencia colectiva puertorriqueña que atravesó el siglo XX de principio a fin, tocando a cada generación con la misma mano inexorable de la historia.

Arturo Figaredo — La Gran Guerra, 1917–1918

El primero de los hombres Figaredo que encontramos en los registros militares del siglo XX es el propio Abuelo Arturo, nacido el 4 de junio de 1895 en Guayama, Puerto Rico. Su nombre aparece en el Registro del Borrador de los Estados Unidos para la Primera Guerra Mundial de 1917–1918, ese documento histórico masivo que capturó en papel el momento en que una generación entera de puertorriqueños fue llamada a responder por primera vez bajo la bandera estadounidense. Arturo tenía 22 años cuando la Ley Jones le otorgó la ciudadanía y el gobierno comenzó el reclutamiento. Nacido en Guayama, el mismo territorio donde su padre Rafael había combatido como voluntario español apenas veinte años antes, Arturo representaba ya la segunda generación de una familia en la que el servicio — a España primero, a los Estados Unidos después — era parte de la identidad más profunda del linaje. El hecho de que el mismo hombre que años después dirigiría con tanto cuidado y afecto la finca familiar en el Sector Culebras de Guamaní, que trataría a sus empleados como familia y mantendría a sus nietos repletos de frutas y mascotas, hubiera pasado por la experiencia del reclutamiento militar en su juventud, añade una dimensión nueva a la comprensión de su carácter. Los hombres que conocen la disciplina y la exigencia del servicio militar llevan en ellos una formación que deja huella permanente en su manera de organizarse, de liderar y de asumir responsabilidades.

Alfredo Figaredo — La Segunda Guerra Mundial: El Médico en Formación, 1943

Alfredo Figaredo, nacido en 1925, se alistó el 9 de septiembre de 1943, a los 18 años, en un momento en que la guerra en Europa había alcanzado su punto de inflexión con la invasión aliada de Sicilia y la caída del régimen de Mussolini. El mismo Alfredo que décadas después se convertiría en miembro de la primera clase graduada de la Escuela de Medicina Tropical de Puerto Rico, que establecería la primera residencia de entrenamiento en psiquiatría pediátrica en la isla — ese Alfredo comenzó su trayectoria de servicio con un uniforme militar, no con una bata blanca. La experiencia militar precedió y contribuyó a moldear la vocación de servicio que definiría toda su vida posterior. El joven que se alistó en septiembre de 1943 y el médico que décadas después dedicó sus energías a los niños más vulnerables de Puerto Rico son el mismo hombre: alguien para quien el servicio — al país, a la comunidad, a los que sufren — no era una obligación externa sino una convicción interna que el tiempo y la experiencia solo habían ido profundizando.

Sixto Antonio Figaredo López — Corea, 1951: La Bala y el Frío

Ningún capítulo de la historia militar de la familia Figaredo tiene la densidad humana y la elocuencia trágica del que protagonizó Tío Toñito — Sixto Antonio Figaredo López. Los registros militares son concisos con la precisión clínica que el Ejército reserva para los momentos más extremos: Sargento de Primera Clase, baja registrada el 18 de septiembre de 1951, Sector Norte de Corea. El 65.º de Infantería — los Borinqueneers — llevaba entonces un año en Corea. El apodo lo habían elegido los propios soldados durante la travesía en barco hacia el teatro coreano en 1950: una combinación de "Boriquén" — el nombre taíno de Puerto Rico — y "Buccaneers." No era un nombre impuesto desde arriba sino inventado desde abajo, desde la cubierta del barco, por hombres que sabían exactamente quiénes eran y de dónde venían. El General MacArthur los había reconocido públicamente en febrero de ese mismo año. Pero el otoño de 1951 en el Sector Norte no era escenario de discursos laudatorios. El informe oficial del Teniente Coronel Gilberto Villahermosa documenta que ese 18 de septiembre el 65.º estaba en plena Operación Cleanup en el Valle de Chorwon, que el propio general Soule describiría como "el peor día en combate para el regimiento desde su llegada a Corea." La gravedad de las heridas de Tío Toñito era tal que debería haberlo matado: el frío ártico de Corea del Norte fue, paradójicamente, lo que impidió que las hemorragias lo vaciaran de vida antes de que llegara el socorro. El frío que normalmente mata fue, en este caso, lo que preservó la vida. Luis Enrique Torregrosa, compueblano de Sixto Antonio, amigo de la infancia, lo encontró tendido y lo recogió. En ese gesto — un hombre de Patillas salvando a otro hombre de Patillas en las colinas heladas de Corea del Norte — se concentra algo esencial sobre los lazos que los puertorriqueños llevaron consigo a esa guerra lejana y extraña. El Dr. Coco Vicens, compatriota puertorriqueño, lo atendió posteriormente. La cadena de salvación fue una cadena tejida de identidad compartida. Tío Toñito vivió con un ojo menos y una movilidad reducida, pero vivió. Vivió con máxima independencia, se casó con tía Sonia Angelí, tuvo tres hijos — Antonio, Milagros y Lourdes — y demostró con cada año adicional de su vida que las heridas de guerra podían definir el cuerpo sin definir el espíritu. El 65.º también se redimió: reconstituido en 1953 como unidad integrada, demostró en la batalla del Outpost Harry que sus soldados no habían perdido el valor que los distinguía. Los 14 Silver Stars, 23 Bronze Stars por valor y 67 Purple Hearts ganados en junio de 1953 son prueba de que Honor y Fidelidad, el lema del regimiento, no era retórica sino promesa cumplida.

Rafael Arturo Pérez Figaredo — Fuerza Aérea de los EE.UU., 20 años de servicio

Rafael Arturo Pérez Figaredo es Coronel retirado de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, con veinte años de servicio activo — el rango y la trayectoria más altos documentados en la familia. Se alistó a finales de la década de 1960 y entre 1970 y 1973 sirvió como cirujano de vuelo en Myrtle Beach Air Force Base, donde fue responsable de la salud física y mental de los pilotos que partían hacia Vietnam. Su función era evaluar su estado, autorizar o suspender su vuelo, y asegurar que quienes subían a las cabinas estuvieran en condiciones de hacerlo — y de regresar. Era el médico que se interponía entre el piloto y el avión cuando el cuerpo o la mente no daban más. A lo largo de sus veinte años en la Fuerza Aérea, su especialidad clínica fue la dermatología. Dos roles distintos, sostenidos por el mismo hombre: el cirujano de vuelo que mantuvo operativos a los pilotos de Vietnam, y el dermatólogo que durante dos décadas atendió a los miembros de la fuerza y sus familias. En ambos, la medicina como forma del servicio — continuando el hilo que desde Alfredo Figaredo en 1943 había ligado el uniforme a la bata blanca. Alcanzó el grado de Coronel — el más alto registrado en la familia — antes de retirarse.

Alfredo Pérez Cintrón — Marina de los Estados Unidos, Residencia en Medicina Familiar, San Diego

La más reciente expresión de ese hilo en la familia Pérez-Figaredo es Alfredo Pérez Cintrón, oficial médico de la Marina de los Estados Unidos, actualmente en residencia de Medicina Familiar en San Diego. Alfredo Pérez Cintrón se forma en Medicina Familiar — la especialidad que atiende al paciente en su totalidad, a lo largo del tiempo y de la vida, sin limitarse a un órgano ni a una enfermedad. La Medicina Familiar en el contexto militar significa acompañar a los miembros de la fuerza y a sus familias desde la salud cotidiana hasta la crisis — el médico que los conoce, que los sigue, que no los ve solo en el momento de la urgencia. La trayectoria de Alfredo Pérez Cintrón continúa el linaje de médicos con uniforme que la familia ha sostenido desde 1943: el Dr. Alfredo Figaredo, que transformó su alistamiento en una carrera dedicada a los niños más vulnerables de Puerto Rico; el Coronel Rafael Arturo Pérez Figaredo, que cuidó la salud de los pilotos que partían a Vietnam desde Myrtle Beach. Alfredo Pérez Cintrón es el más joven de esa cadena, todavía en formación, con toda su carrera por delante. Su presencia en estas páginas no es un cierre sino una continuación. El servicio no muere con cada generación. Se hereda, se transforma, y continúa.

El Legado que Permanece

La historia militar de la familia Figaredo abarca más de cinco décadas de conflictos que fueron, para sus protagonistas, mucho más que episodios históricos: fueron los momentos en que la vida se jugó en la moneda más extrema, en que los valores familiares del escudo heráldico — la firmeza de la plata, la generosidad de la torre, el valor del guerrero — se pusieron a prueba no en el pergamino sino en la carne y el frío y el fuego. Arturo Figaredo, registrado para la Gran Guerra desde Guayama. Alfredo Figaredo, alistado en septiembre de 1943, que llevaría la vocación de servicio de las armas a la medicina. Sixto Antonio Figaredo López, Sargento de Primera Clase, herido gravemente en el sector norte de Corea el 18 de septiembre de 1951, salvado por el frío y por la lealtad de un compueblano. Rafael Arturo Pérez Figaredo, Coronel retirado de la Fuerza Aérea, cirujano de vuelo en Myrtle Beach durante los años de Vietnam y dermatólogo durante veinte años de servicio activo. Y Alfredo Pérez Cintrón, oficial médico de la Marina de los Estados Unidos, en residencia de Medicina Familiar en San Diego — el más reciente en una cadena de hombres que han ofrecido su vida y su saber al cuidado de los demás. Cada uno de estos hombres encarnó la misma verdad que los veteranos del 65.º expresaron con tanta sencillez: era su deber. No el deber de una abstracción política, sino el deber entendido como la forma más concreta y más exigente de pertenencia a algo más grande que uno mismo — a una familia, a una comunidad, a un pueblo que merecía ser defendido con el precio más alto que un ser humano puede pagar. La familia Figaredo pagó ese precio. Lo pagó en Guayama y en las colinas heladas de Corea, en Myrtle Beach y en los consultorios de San Diego. Y lo pagó con la misma dignidad silenciosa con que Tío Toñito regresó a Culebras en su descapotable especial, rodeado de los empleados que lo cargaron en hombros no porque fuera un héroe de leyenda sino porque era uno de los suyos, y los suyos habían aprendido — de generación en generación, desde las montañas de Viyao hasta las laderas de la Sierra de Cayey — que la lealtad a los que se ama es el valor más verdadero y más duradero que existe. Honor y Fidelidad. No solo el lema de un regimiento. El testamento de una familia.