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Una tierra que moldea almas
Una tierra que moldea almas
Enclavada en el corazón verde del concejo de Piloña, en el interior oriental de Asturias, la parroquia de Viyao —conocida también por su nombre vernáculo, Viyáu— emerge del paisaje como si la propia tierra la hubiera esculpido con paciencia milenaria. Aquí, donde las montañas no simplemente rodean sino que abrazan, donde la niebla matutina desciende sobre los valles con la suavidad de un susurro, existe un lugar que ha forjado el carácter de quienes lo han habitado desde tiempos inmemoriales. Es una tierra que no se entrega fácilmente, pero que a quienes la trabajan les ofrece una belleza sin par y una generosidad profunda.
Piloña se asienta en un territorio marcado por una topografía de extraordinaria complejidad y riqueza visual: valles fluviales encajados entre laderas pronunciadas, crestas montañosas que se suceden en oleadas hacia el horizonte, praderas que brillan con un verde casi inverosímil bajo la lluvia persistente del norte ibérico. El río Piloña, afluente del Sella, articula estos paisajes como una vena vital, recorriendo gargantas y vegas en su descenso hacia el mar. Sus riberas, pobladas de alisos, fresnos y sauces, crean corredores de vida que han sustentado a las comunidades locales desde épocas prerromanas. Es en este contexto de abundancia contenida —una generosidad que exige esfuerzo para ser revelada— donde Viyao encuentra su singular identidad.
El terruño de Viyao es, ante todo, un paisaje de contrastes armoniosos. Las laderas más umbrías, orientadas al norte, sostienen bosques mixtos de robles (Quercus robur y Quercus petraea), castaños monumentales, hayas de troncos plateados y avellanos que entrelazan sus ramas sobre los caminos rurales. Bajo su dosel, el suelo se alfombra de helechos, musgos de un verde esmeralda y una variedad de plantas silvestres cuya exuberancia contrasta con la austeridad del cielo gris asturiano. En primavera, estas laderas se salpican de color: la blancura efímera de los cerezos silvestres, el amarillo intenso de la retama, el malva delicado de los brezos que conquistan las zonas más expuestas.
Las laderas más soleadas y los fondos de valle albergan los prados de siega, esos tapices de hierba fresca que han definido la economía ganadera asturiana durante siglos. La hierba crece con una vitalidad asombrosa, alimentada por las lluvias atlánticas que llegan cargadas de humedad desde el Cantábrico, a apenas cuarenta kilómetros en línea recta. Hórreos de madera y piedra —esas construcciones elevadas sobre pilares cónicos que desafían el tiempo— custodian los límites de las fincas, testimoniando una forma de vida donde nada se desperdiciaba y todo tenía su lugar preciso bajo el sol o bajo la lluvia.
Los huertos familiares, llamados cortines o simplemente güertos, completan el mosaico agrario. En ellos prosperan las berzas de hoja rizada, las fabes asturianas —legendarias en la cocina regional—, los puerros, las patatas y, en los rincones más abrigados, los manzanos que en otoño se doblan bajo el peso de sus frutos. La sidra, fermentada pacientemente en las llagares de piedra, es el licor que este paisaje destila de sí mismo, una bebida que contiene en su acidez festiva toda la esencia de Asturias.
La presencia humana en Viyao no comienza con los registros escritos ni con la llegada de Roma. Mucho antes, en las brumas del tiempo prehistórico, este rincón del mundo fue elegido por sus habitantes como lugar de vida y de memoria. El Castro de Viyao, asentamiento fortificado de la Edad del Hierro que corona una elevación estratégica a escasos cientos de metros del núcleo parroquial, representa la primera piedra de una historia que se extiende sin interrupción hasta nuestros días. Sus constructores eligieron este promontorio con la sabiduría instintiva de quienes leían el territorio como otros leen el cielo: desde allí, la mirada controlaba los valles circundantes, los caminos de acceso, los recursos hídricos y los pastos. La elevación no era capricho sino necesidad; la fortaleza natural del relieve se convertía en aliada de la supervivencia.
Y más cerca aún en términos geográficos, aunque infinitamente lejana en el tiempo, la Cueva de El Sidrón —a apenas diez kilómetros de Viyao, en el término municipal de Piloña— custodia uno de los secretos más fascinantes de la prehistoria europea. En sus galerías calcáreas, excavadas por el agua durante millones de años, descansaron durante aproximadamente 49,000 años los restos de un grupo familiar de Homo neanderthalensis: un abuelo, padres, tíos, niños. Una familia. Su presencia en estas tierras subraya algo que ningún libro de historia puede expresar con igual elocuencia: este paisaje ha sido hogar desde los albores de la humanidad. La misma humedad que impregna los bosques de Viyao, el mismo abrigo que ofrecen sus formaciones kársticas, la misma abundancia de fauna y flora que nutría a los neandertales, fue la que siglos después atrajo a los constructores del castro y, mucho más tarde, a los antepasados de la familia Figaredo.
A lo largo de la romanización y durante la larga Edad Media, Viyao fue consolidando su vocación profundamente rural. La economía se articulaba en torno a la ganadería —el vacuno asturiano, de pelaje rojizo y mirada apacible, pastaba en los prados comunales— y a una agricultura de subsistencia que aprovechaba cada palmo de tierra horizontal. El centeno y el maíz americano —introducido este último en el siglo XVII y adoptado con entusiasmo por los campesinos asturianos— convirtieron los pequeños campos en despensas vitales. Los castaños, árboles sagrados en la cultura popular asturiana, ofrecían en otoño su cosecha de erizos, que se mondaban en familia durante las magüestos, reuniones comunales alrededor del fuego que eran tanto celebración como trabajo compartido.
La vida cotidiana estaba marcada por ritmos inmutables: la subida del ganado a los puertos de montaña en verano, el regreso a los valles cuando llegaban los primeros fríos, la matanza del cerdo en noviembre —acontecimiento social y gastronómico de primer orden—, la siega de la hierba en junio, siempre pendiente del tiempo, siempre negociando con un clima que podía volverse adverso sin previo aviso. Era una existencia de esfuerzo constante, pero también de belleza constante: pocos espectáculos en el mundo igualan a Asturias en la plenitud del verano, cuando los prados brillan bajo un sol que aquí se agradece doblemente porque no siempre está presente.
Existe algo profundamente revelador en el hecho de que Rafael Figaredo Orraca, nacido y formado en la dureza generosa del paisaje de Viyao, encontrara en la sierra de Guayama —en el barrio montañoso de Guamaní, al sureste de Puerto Rico— un nuevo hogar donde arraigar. Porque quien observa ambos paisajes con ojos atentos no puede dejar de percibir una resonancia extraña y hermosa entre ellos, como si la tierra hubiera guiado sus pasos hacia un lugar que, siendo completamente diferente en luz, color y temperatura, guardaba en su interior una estructura familiar para el alma asturiana.
La Sierra de Cayey, cuyas estribaciones orientales abrazan el territorio de Guamaní, presenta una topografía que evoca —de manera tropical y exuberante— aquella geografía de valles encajados y laderas pronunciadas que definen el carácter de Piloña. Las quebradas que descienden desde las alturas, alimentando el Río Guamaní en su camino hacia la costa caribeña, reproducen en clave subtropical la misma lógica hidráulica que en Asturias articula los ríos Piloña y Sella. La montaña, en ambos casos, es más que geografía: es principio organizador de la vida, fuente de agua y frescor, refugio contra el calor de las tierras bajas y origen de la fertilidad agrícola de los valles.
La vegetación, aunque radicalmente distinta en sus especies, comparte una densa generosidad que habría resultado reconocible para los ojos de un asturiano trasplantado al Caribe. Donde en Viyao crecen robles centenarios y hayedos de sombra profunda, en Guamaní ascienden por las laderas los bosques secundarios de tabonuco, ausubo y yagrumo, intercalados con palmas reales que se doblan con elegancia bajo el viento del este. Donde en Asturias los helechos cubren los suelos umbríos, en Puerto Rico el helecho gigante y diversas especies tropicales forman tapices igualmente exuberantes bajo la bóveda arbórea. El malagueto —árbol cuyas hojas serían, décadas después, la fuente de sustento de la familia Figaredo en Guamaní— crece precisamente en estas laderas montañosas de suelo fértil y humedad constante, en una franja altitudinal que recuerda, en su lógica ecológica, a los bosques mixtos de media montaña asturiana.
Incluso el carácter de la agricultura guarda paralelismos significativos. Las laderas de la sierra de Guayama, trabajadas con dedicación por generaciones de agricultores puertorriqueños, producían café, plátanos, viandas tropicales y frutas que requerían, como los campos de Viyao, un conocimiento íntimo del terreno, una paciencia para leer las lluvias y las nieblas, y una resistencia física forjada por años de trabajo en pendiente. La niebla que con frecuencia corona las alturas de la Sierra de Cayey al amanecer —fenómeno tan característico del interior montañoso de Puerto Rico— habría tenido para Rafael Figaredo un aire vagamente familiar, un eco visual de las brumas que en Viyao descienden desde los picos hacia los valles en las mañanas de otoño.
En la actualidad, Viyao conserva con dignidad serena los rasgos esenciales que lo han definido a lo largo de milenios. La actividad agraria, aunque disminuida frente al empuje de la economía contemporánea, no ha desaparecido; pequeñas explotaciones ganaderas mantienen vivos los prados, y algunos vecinos siguen cultivando sus huertos con la misma constancia que sus abuelos. El Castro de Viyao, aunque silencioso, permanece en la memoria colectiva como ancla de una identidad que ningún siglo ha conseguido erosionar del todo. Sus muros, cubiertos de líquenes y musgo, son la escritura en piedra de una historia que comenzó antes de que existiera el concepto mismo de historia.
El letrero Viyáu en la AS-258 —fotografiado en 2002 en uno de los viajes de reencuentro— marca el punto donde la historia familiar y el paisaje asturiano se tocan. La casa que Rafael construyó para su hermana Ramona sigue en pie en el número 29 del lugar Viyao: coordenadas 43°23'28.6"N 5°20'27.5"W. El horizonte no ha cambiado.
En Viyao como en Guamaní, el paisaje no es simplemente el escenario de la historia familiar: es su primer capítulo, escrito en roca, agua y verde perpetuo.
III